LA CELDA

Publicado en por irun fergaus (lmpika66@gmail.com)

Estaba dentro de la jaula, brillaba el sol, pero me daba de refilón, sentía el beso cálido y húmedo de la brisa que llegaba del mar.

Por la ventana podía ver las calles, las personas que paseaban por las orillas. Se mojaban los pies; el agua subía por sus tobillos en un arranque lleno de espuma y fuerza, cuando desaparecía, sus pies quedaban enterrados en una arena fina y sedosa que acariciaba la piel, se deslizaba, despacio y volvían a aparecer  como un pequeño descubrimiento del mar. Los pasos se iban borrando cuando andaban, parecían  fantasmas que rondan las orillas.

Extendí la mano entre los barrotes de hierro y por un momento imagine poseer esa libertad, me creí libre de mi prisión y moje mi cuerpo en el agua, desnudo y blanco; sumergí  mis cabellos y aguante la respiración, me deje atraer hasta el fondo para sentir el silencio y la paz. El agua acariciaba mis senos y se deslizaba lenta entre mis piernas cuando nadaba.

Al salir sentí como me desposeía  y se alejaba de mí como si me estuviesen arrancando una segunda piel. Mis poros y mi vello respondieron al frio y al calor, me tumbe en la arena de la orilla para dejar que me enterrase como un gran objeto inerte, como una mujer muerta. Escuche el ruido del mar, el sonido de la arena que se acercaba y alejaba  traviesa, haciéndome cosquillas en las sienes. El sol llegaba furioso a mi piel, notando como doraba cada parte, cada hueco.

Mis parpados dejaron de pesar y mis ojos se movían curiosos dentro de ellos, querían ver el cielo azul y las nubes blancas con figuras sinuosas, querían ver las gaviotas, ver como volaban y se sumergían en el agua en busca de un pez, planeaban entre los colores infinitos  de un atardecerme deje llevar por sus vuelos y sus sonidos e hipnotizada  las observaba con envidia, por su libertad, por su independencia.

Un sonido ronco y seco sonó, abrí los ojos y volví a las penumbras de una habitación fría y desgastada, con desconchones que contaban las historias que habían escuchado, los crujidos de sus maderas que se quejaban del paso de un tiempo que se hacía, ya, demasiado largo. La humedad calaba las sabanas y se pegaba en la piel como el moho de las rocas marinas. Había un olor rancio que se mezclaba con rosas y jazmin, las sombras cambiaban oscuras entre los picos de la mesa, de la cama, como pequeños monstruos  que se escondían en los rincones para robarme los sueños.

Mis sueños era lo único que tenia, me aferraba fuerte a ellos para no escuchar las penas y mis angustias; para olvidar los hierros que me retenían, los mismos que algún día se volverán en polvo y dejare guardados en un cajón a mis pequeños compañeros que tanto me han torturado

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