Los Templos Tristes

Publicado en por irun fergaus (lmpika66@gmail.com)

Estaba buscando el cielo entre los huecos distintos que encontraba en el techo. Algunos era pequeños, otros iban aumentando de tamaño y  otros iban disminuyendo. Veía los frescos que estaban pintados, las líneas se retorcían formando dibujos y espacios que  contaban historias diferentes; los rosetones que se encontraban en los laterales, altos y majestuosos, estaban llenos de millones de cristales microscópicos que con sus colores sumergían a  las pinturas en sombras y claridades, les daban una apariencia digna, propia de un rey medieval.

Los fieles, temerosos, se arrodillaban ante una estatua de madera que representaba  una muerte lenta y dolorosa,  a un mártir político y social, construido por aquellos que se enriquecían de los donativos de gente descalza y sin dientes.

Paseaban en silencio, con la cabeza gacha, los ojos apagados por una oscuridad violenta que no dejaba atisbar ninguna sonrisa de satisfacción.

Los vestido negros hasta la rodilla  que llevaban  los oradores, guías dicen que se llaman, desprendían un olor agrio y espeso, que se mezclaba con las flores de apariencia muerta que había en su altar.

La madera crujía bajo mis pies y toda la piedra fría y húmeda recorría mi cuerpo como un gran malestar inconforme; los susurros que salían de sus labios, recitando poemas incoherentes de piedad y arrepentimiento, de miedo y oscuridad hacían de un gran purgatorio de mentes en la tierra, estos sitios tan venerados por toda la humanidad.

Me situé en el centro de un gran punto en la cúspide, se encontraba al final del pasillo, justo en frente del altar. Pude sentir como una fuerza de atracción subía mi energía y la atraía hacia arriba, era un punto energético, un punto donde descargas tus negatividades y haces tuyos los iones positivos que te otorgan. Pensé que el centro más importante debía ser el que estaba justo en el  punto central de la zona donde estaba el atril, donde ellos leían sus historias y sus cuentos, pero esta zona, por desgracia estaba solo habilitada para el paso de sus túnicas negras y tristes; supongo que la superioridad de su ego no les permitía dejar gozar de algo tan rico y espiritual a  “mentes tan llanas como las nuestras”.

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