Demasiado Tiempo para Pensar

Publicado en por irun fergaus (lmpika66@gmail.com)

Mi cuerpo estaba inerte (yo ajena a el), en una silla bastante incómoda. Mis ojos miraban alrededor observando a las personas que pasaban por allí; algunos iban de paso y otros se quedaban.

Se sentó al lado una mujer delgada y morena, con una expresión que se podía definir entre horror y desconsuelo. Me pregunte que le podía pasar, su mirada estaba vacía y sola. Imagine que nadie le acompañaba, no había ninguna persona; con esas tarjetitas ridículas de acompañante; sujetándole la mano, calmando sus susurros o secándole las lagrimas.

Había gente con familiares, personas mayores, niños y, también, los que estaban en un estado demasiado precario para estar solos en un asiento, que se clavaba en tus caderas y su frio humedecía tus huesos.

Luego estaban los médicos tan serios y distantes, con sus uniformes azules y sus batas blancas. Daban órdenes: usted aquí, no se quite eso, páseme ese informe…

Dentro de todo ese caos de voces, de gente, de colores y de olores, estaba yo flotando, como si no tuviera que estar allí, como si mi vida por un momento no fuese mía y esa chica delgada y asustada; que miraba arriba y abajo, con los ojos demasiado hinchados por el cansancio, no fuese yo.

Mi pecho enfermo lloraba dolorido, me examinaba cada pinchado, cada molestia, intentaba verme por dentro para poder encontrar cual era esa molestia, ese dolor que tenia y que no debería estar ahí. Quería preguntarle por que había aparecido ahora, porque quería hacerme pasar por esto, que buscaba de mí.

Cuando te encuentras en situaciones así, empiezas a pensar en cosas ridículas, cosas importantes, momentos, acciones y palabras que no sabias ni que existían. En realidad por un instante te sientes estúpida y frágil, desconsolada y furiosa; un enredo de ideas mentales que, precisamente, te da por desentramar allí, en ese sitio gris. Estas rodeada de personas que sabes que están destrozadas, que tienen enfermedades irreversibles, pero todo eso no hace que dejes de sentirte  en el filo de un abismo y la mas enferma de todas ellas.

Después de esperar varias horas (sin ningún libro que leer), dicen mi nombre a través de un altavoz, con un sonido apenas inexistente (pero no importa, el miedo agudiza los sentidos) y me levanto rápida, entro en un cuarto con un medico joven, que me trata con mucha delicadeza y paciencia, empiezo a explicar que me ha pasado…un bulto extraño doctor…me duele…no sé que es…nunca me había sucedido antes…usted cree que es malo…

A medida que le explicas el miedo te invade, y te preparas para una respuesta, para un   “bueno, ya veremos”. Empieza a hacerme preguntas, tus reglas, te duelen los pechos a menudo (todo esto me ha hecho valorar mucho más que antes mis pequeños pechos, que son menudos, pero son míos, y los quiero); anticonceptivos que utilizas, menos mal que era joven y no se escandalizo de nada (aunque ser joven no es un requisito para ello), etc., etc.

Resultado final: pase varias horas entre la espera y la exploración, pensando en un cáncer de mama, en mi imagen en el espejo como el reflejo de una amazona y todas las consecuencias que iba a traer esto. Para que me dijera que tengo reglas irregulares, que esto puede derivar en pequeños quistes, y que debería empezar a utilizar algún método anticonceptivo, por los embarazos y eso (madre mía que cortito era).

Todo un día entero desperdiciado para averiguar que me comporte como una histérica.

 

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